domingo, 2 de septiembre de 2007

La ciudad se extendia ante mi, como una gran llamarada, ordenada e imponente. Sus techos dorados y sus estructuras rojas no dejaban de recordarme una flama sobre un campo de algodón. Todos sus habitantes se veian ocupados, cada uno tomando muy en serio su papel en ese juego de hormigas llendo y viniendo por entre las nubes, sin prestarle atención alas humaredas negras que lograban colarse entre las aguas del lago que bordeaba la ciudad. Esas humaredas que eran el único vestigio de mi París en este lugar. Todo tan prolijo, tan perfectamente detalladao y a la ves tan aburrido, tan monotono. Muy parecido a ver una gran biblioteca con todas sus cubiertas uniformemente alineadas, sabes que te puede abrir un mundo ante tus ojos pero prefieres sentarte frente a un cuadro si quieres observarlo.

Nadie notaba mi presencia, nadie estaba encargado de notarla.

A lo lejos la gran biblioteca, con sus muros de concreto rojo, imitando un gran cubo, me observaba y a la vez me llamaba, me seducia y me explicaba que era el único que me responderia mis dudas...

3 comentarios:

una Nadia dijo...

"me explicaba que era el único que me responderia mis dudas..." Vaya. Eso sí que es ser ambicioso.
La trampa está en que muchas veces puedes entender y explicar perfectamente algo, incluso entenderlo. Pero no basta.

Ya, un abrazo.

una Nadia dijo...

otra, otra, otra!
O me vas a decir que la lluvia de caramelos no fue inspiradora? ;P

Anónimo dijo...

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